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En el almacén de una esquina, en Amaicha, se sienta siempre un señor. Un día fui a comprar yerba (art. de primera necesidad). Él estaba con una guitarra, ya me habían dicho que era músico. Al salir lo saludo y me siento al lado. Me pregunta si sé tocar, porque la guitarra se resistía a ser afinada. Le digo que sí, le toco unos tangos. Le gustan (desde ahi me presenta como un “paco de lucía”, ante mi absoluta vergüenza), y al rato saca una quena y nos ponemos a improvisar unos blues. Después la magia de siempre, se acercan dos de Chascomús, guitarra y bombo, después pasa el “duende de Amaicha” y nos regala dos temas con la quena. Siguió la música, y se sumaban de a ratos personajes y/o (no excluyente) borrachos, hasta la noche. Así quedó fundada lo que el Chano, tal el nombre de este señor, llamó el conservatorio La cucaracha.

En los días siguientes me fui enterando de que es santiagueño, que conoce a todos los músicos de folklore que se puedan imaginar, que actuó en una peli que se estrenó el 25 de mayo, que estudió medicina (cardiología), que en BBAA andaba con Miguel Abuelo, Charly, y otros…
Un día me dice que viaja a Cafayate, y me pregunta si quiero ir con él, porque conoce a varios músicos y seguro puedo tocar en algunos lugares. Pararíamos en la casa de un luthier de instrumentos de viento que tiene un negocio frente a la plaza. Recordé haber estado allí en 2008…. -Dale, vamos.

Hicimos dedo, nos alcanzaron hasta Colalao del valle, a mitad de camino. Allí quiso visitar el restaurán de un viejo amigo bandoneonista ya muerto. Para hacer un homenaje me dijo que tocara unos tangos. Vive allí un flaco que compró hace un tiempo un fueye, pero que no sabe tocar. Me lo trajo, es del ´36, con incrustaciones de nácar y un sonido hermoso. Las siguientes dos o tres horas pasan mientras le paso todo lo que puedo para que pueda estudiar: teclados, formación de acordes, etc. De regalo me da una bolsota de nueces peladas del lugar.

No solo pasaron las horas, también pasó el Aconquija, y faltaban cuatro horas para el siguiente… Un poco antes de esa hora, ya cayendo el sol, una trafic de transporte de turistas nos levanta. Le pago con unos buenos mates al conductor.

Llegamos a Cafayate, el luthier se llama Daniel D´Amico y es, además, un instrumentista feroz (así dicen acá). Nos quedamos hasta tarde en el negocio, entre música y charla. Paramos en su taller, una fiesta.

Daniel también da clases en la escuela, así que me invitó a tocar en el acto por el 25 para el cierre, con su amigo y guitarrista Carlos Pérez tocamos Sur y Nada, con un ensayo previo de… 5 minutos. Todos contentos, pastafrola de paga, imaginen lo chocho que estaba yo. Después tenían que tocar en una peña, así que también me invitaron a subir y repetimos el dúo. Cazuela de cabrito… mmmm…

En el taller recién hace poco estoy ayudándolo un poco, me dio para terminar los extremos de una flauta traversa de madera de guayubira y tapas de ébano y a veces le lijo algunas quenas de caña.

Mauricio y los chicos aparecieron el finde, anduvimos de bailongo, pero ya volvieron a Amaicha.

A la noche y a veces al mediodía tocamos con Carlos en las peñas. Los otros días subí solo al escenario, y toqué unos 5 tangos. La gente contenta, le encanta parece. También ando cazando turistas en la plaza, me acerco, les toco, a veces me cuentan toda su historia, jeje. Hoy, con Naranjo en flor, hice llorar a una señora… Bueno, ella me pidió ese tango, che.

Bueno,  es todo por ahora, el Chano está en la quebrada, y tengo que arreglar otro calefón, que sería el tercero de este viaje. Qué raro, ¿no?.

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Seguimos en Amaicha, entre historias de Don Juan y otros personajes del lugar. Mientras aprovechamos para aprender cosas, ya sabemos hacer mandalas de alambre y Mauricio aprendió varios puntos en macramé. Ah, hoy apareció Osvaldo, un artesano que nos enseñó a hacer unos aritos con alambre e hilo. Tengo un llavero igual, hace como 20 años intenté copiarlo, pero no me salió muy bien…

Don Juan vive con un pintor, los otros días llegamos a su casa y estaba haciendo una escultura en arcilla… Y bueno, ahi tienen a Don Juan, mi primer irrupción en este material, muy maleable!

Y acá está una pulsera de Mauricio, que también se mandó un par de cucharas de madera.

Y allá abajo un dibujo de Pichuco, estuve un par de días con él.

La novedad de esta semana fue…. Pollo a la parrilla!!! Hacía semanas que hablábamos de hacer, pero se alinearon por fin los planetas ayer. Acá una foto de los changos (el pollo está repartido, en las panzas):

(evidentemente poner muchas fotos no es tan fácil, si editara el CSS… pero no!. Ah, vean q en los posts vamos contestando las preguntas q nos hacen, así q sigan entrando a los viejos a ver si contestamos)

El largo día en El Mollar en casa de Silvia y Olga duró una semana. Cocinamos tortillas, tortafritas, croquetas, hasta ñoquis con papas cosechadas en un campo. Los dijes y pulseras de cobre esmaltadas ganaron en variedad con el aporte de todos: tortugas, plumerias, palmeras… y la boa cerrada.

Un día de esos por fin encontramos al gato. Mauricio arriesgó sus vidas (la suya y las siete del gato) bajándolo de un andamio, mientras los perros parecían ya degustar el felino negro.

El frío ya estaba invitando a dejar el valle, y un día antes de que Silvia y Olga volvieran a Tucumán partimos, después de unos sabrosos ñoquis con sabrosísimo tuco, entre las lágrimas de Silvia. El plan era bueno, colectivo Aconquija hasta Tafí del valle ($3,50), dedo hasta Amaicha desde allí. Cinco horas más tarde, cantando y bailando en la banquina para entrar en calor, desconfiamos un poco del plan. Nuevamente el Aconquija al rescate, para escapar de La Nube y, por fin, ver la luna casi llena y las estrellas sobre los cerros.

Amaicha, plaza, ñoquis calentados, garrafita, persona que pasa, invitación, cuarto vacío, todos calentitos. Pedro es el dueño de casa, sus huéspedes, nosotros, encantados.

Día del trabajador. Paño en la plaza. Agustín y Juan venden algún colgante. Una familia sentada en una mesa en la plaza. Todos insisten: Martín debe tocarles el bandoneón. Espero a que terminen el almuerzo, mitad conveniencia y mitad cagazo. Me acerco, les ofrezco unos tangos de postre, una accede. Empiezo con Sur, doy en la tecla: su tema preferido. Siguen otros tangos, fotos tocando, videos, fotos con mi sombrero…. veinte pesos. Yo chocho, sámbuches de salchichón primavera y queso. Sack y la tucumana, él estadounidense, ella… tucumana. La mamá hace dulces, tenemos postre, en forma de membrillo y pan.

Pasan tres personajes, dos jóvenes, uno viejo, con barba larga y blanca. Todos sospechamos: cuando el viejo hable… Nos invitan a comer a la noche. El viejo habla… se llama Don Juan… ¿entienden? Lo llaman el profeta de los valles, vivió en comunidades aisladas en la selva durante años, fue perseguido, es artesano. Escuchar sus historias no cansa, parece conocer miles de cosas que queremos saber… Estaremos aquí un tiempo, parece…

Arrancó el tren, y con él nosotros y también el viaje. Las primeras horas nos vinieron bien para charlar y ponernos al día, las siguientes fueron buenas para dormir y la mañana entera nos la pasamos pensando que ya estábamos por llegar; y así hasta el mediodía cuando al fin llegamos a San Miguel.

Frente a la estación, Martín se convirtió en el único propietario de un suntuoso sámbuche de milanesa, mientras buscábamos la forma de salir de la ciudad.

Entre pito y flauta, o mejor dicho entre bandoneón y quena, fuimos a parar a Santa Lucía. Y con “parar” me refiero a estar parados, y si se quiere también varados, ya que por la entrada de ese recóndito pueblo ver pasar un auto no es cosa de todos los días, y menos que menos uno que se apiadara de nuestros pálidos pulgares.

Para safar la noche decidimos seguir hasta El Mollar, donde llegamos con las últimas luces pero con mucha suerte, ya que al caminar unas pocas cuadras por este deshabitado lugar nos cruzamos con una invitación a instalarnos en un camping “okupado”. Así y ahí, fue como conocimos a Agustín y Juan; charlatán uno y callado el otro, muy piolas y artesanos los dos.

Con ellos abandonamos el camping dos noches después, tras altercado de índole económico con un tal “Yayo”; desenlace feliz: ahora convivimos los cuatro en una habitación con mesa, pileta, ventana, chimenea y muuuuuchos almohadones; el cuarto del fondo de la cabaña de muy amables dos señoras, que nos cocinan y nos cuentan historias. Afuera, “La Nube” lo acapara todo, pero puertas adentro el calor de las brasas se transforma en innumerables artesanías y acordes de bandoneón. El mate siempre está, y hoy las tortafritas fueron la novedad. Los planes son adoptar un lindo gatito negro, al menos hasta que el frío ceda y este lugar pase a ser un recuerdo.