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Y llegó la hora de cerrar el ciclo más grande, volver al lugar del inicio físico, la ciudad donde empezó el Viaje, el punto de control donde poder ver e interpretar qué tanto puede uno cambiar en un año de experiencias con las personas y el mundo. Tal vez, para empezar, conviene hacerlo de este modo, desordenado, encadenando pensamientos y sensaciones, diálogos y experiencias. Comparar las expectativas de aquel entonces con este presente, lo que creía y lo que ahora sé.

Cualquiera, acostumbrado a la magia del Estar en un lugar, sabe que no es necesario moverse ni un centímetro. Y cierto es, igualmente, que se pueden recorrer miles de kilómetros sin incorporar ni un solo color nuevo. Por eso aquí no juega el espacio; se experimenta en clave relativa. Sin embargo, bien recorridos, esos kilómetros nos hacen poner en escala con este globo infinito, que una palabra, globalización, insiste en querer vendernos como uniforme y pequeño. Esa uniformidad no nace como una comprensión, por fin, de nuestra esencial similitud, sino como un aplastamiento, una cercenación de las dimensiones dinámicas y exquisitas que hacen a nuestra diversidad. Pero el artista de la vida no se engaña: allí donde parece no escuchar nada descubre que resuena un eco vivificante. Donde nada nuevo ve, agudiza el ojo para encontrar un mundo, un universo latente. La percepción es una cuestión de fe.

Sabemos muchas cosas del mundo antes de salir al mundo. Sabemos que es mezquino, peligroso, y sobre todo, que nadie-te-regala-nada. Pero una bella historia que me contaron tiene como moraleja que uno no encuentra sino a las personas que quiere y espera encontrar. Y así el camino floreció de almas hermosas por doquier, verdaderos personajes, especialistas en el arte de dar. El amor es una moneda universal, se acepta sin dudar y a muy buen precio. Cuando es bandera y lema, no solo derriba muros, sino que permite comprender que no existían siquiera sus ladrillos. La conclusión sería entonces que todos quieren y necesitan dar, pero que no siempre encuentran a quién. El mítico mundo mesquino donde nadie regala nada sería, entonces, fruto de la idea globalizada del individualismo a mansalva, del sálvese quien pueda, pero solo, sin la ayuda de nadie y, sobre todo, contra todos los demás.

La pregunta que más me hicieron: ¿por qué viajás? Mi respuesta inicial, casi siempre: porque hay que hacerlo. Estas palabras se fueron llenando de sentido y fueron reinterpretadas muchas veces. La idea de la obligación, de la necesidad, de una búsqueda, de un destino, una posible causa, una responsabilidad. La creación, el azar, los puentes, el alimento eterno, motor fundamental. Ahora yo pregunto: ¿por qué no viajás?

Tanto se juega el que sale como el que se queda. Tan heroica resulta esa rutina allí como esta caminata aquí. Las mismas horas van a pasar de todos modos, y te pueden sorprender en la misma calle de todas las tardes o ante la apabullante simpleza de una flor en la selva, en el estruendo de tu ciudad en la hora pico o en el grito crudo de un atardecer de playa. Es cuestión de saber que se puede elegir, y aceptar esa elección de corazón, vivirla a pleno. ¿Y entonces? ¿por qué viajo? Para conocer el porqué. Buscar la búsqueda, sin esperar encontrar, aunque encontrando. Pistas, trazas de posibles verdades, sabores y colores, miedos y aromas, la experiencia.

El Viaje es el ejercicio de acomodarse a las circunstancias que, por suerte, siempre cambian. Ese cambio hace que el planificar demasiado no ayude mucho: se gratifica la flexibilidad con maravillosos regalos. Se pasa de no tener nada a tenerlo todo, y viceversa. Enseña a apreciar ese viento, este pan, esta compañía, ahora. Y la compañía es una de las cosas que más cambia. Un día es un grupo de personas que uno siente propio, y al día siguiente es otro, siempre diferentes entre sí.

Y aprender. Tantas personas llenas de ganas de enseñar a quien escuche. La fuente de la sabiduría tiene millones de vertientes, que hay que querer y saber encontrar. Cada Maestro nos muestra algo nuevo, nunca antes imaginado, simplemente porque no había forma de saber que podía ser imaginado.

Y enseñar. Poder transmitir algo, incorporar a otro parte de nosotros, que sabemos quedará como parte de su ser. Pueden ser unos minutos o días, pero afirmar que el conocimiento nos pertenece a todos y ser su vehículo es una tarea sagrada.

Sobre este viaje en particular por Sudamérica, es evidente que todavía desconocemos nuestra historia común, las manipulaciones que llevaron a todos nuestros países a sufrir tragedias irreparables, pérdidas invalorables a fin de complacer un siempre perverso poder, un plan maestro. Seguimos sabiendo muy poco sobre nosotros mismos, sobre los procesos en los que nos moldearon durante mucho tiempo. Y sin embargo, la esperanza. Como los primeros brotes que da una semilla, esas hojas vigorosas encargadas resistir los peores embates del mundo, estamos empezando a abrir los ojos, a llamar las cosas por sus nombres, malos a los malos y hermanos a los hermanos. Comenzamos a reinvindicar nuestras raíces, y no solo por el valor pintoresco o turístico; empezamos a saber que allí se encuentran los cimientos del viejo sueño: una Latinoamérica libre, unida, fuerte y soberana.

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[ 06°33′″N 73°08′″O]

Y volar...

La idea era ir bajando hacia Bogotá, pasando por algunos pueblitos pintorescos, entre ellos San Gil y Barichara, por algunos conocido como el pueblo más lindo de Colombia. Hablando con una familia que me invitó a comer en Taganga y dos días más tarde encontré en Tayrona (llevado convenientemente en auto hasta el mar), me comentaron que San Gil es conocido por sus deportes de aventura… y ahí una chispa en mi cerebro me lo recordó: hace cuatro meses conocimos en Guayaquil a un flaco que me dio su tarjeta: -Si vas a San Gil llamame. Como siempre, en ese momento me dije -Sí, claro, voy a llegar y todo…, pero ante tanta coincidencia sabía que todo iba a funcionar… Por teléfono hablé con un socio del flaco, y me mandé sin tener muchas certezas.

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[11°16′N 74°03′O]

Tayrona, tierra vaciada de Cronos, sitio de encuentros fortuitos, de reencuentros pactados. Isla separada, revividora de impulsos animales, miedos básicos de volver a ser presa, de esa oscuridad de noche que apenas logramos domar. Persecución de lo más básico, ese agua primigenia, el fruto maduro, el alimento deseado, a veces inalcanzable. Lugar de hombres duros, hoscos, que sin embargo se permiten un gesto, un ofrecimiento amable. El pan que tanto trabajo cuesta pero que tan bien sabe, caliente, chocolate, con café dulce para completar la perfección. Hay caminatas de cinco horas que llevan una vida realizar, playas  con lagunas de agua dulce y cocodrilos con ojos naranjas que obligan a dudar. Y las rocas. Las rocas redondas, gigantes, partidas como naranjas, ubicadas estratégicamente para doblar sobre ellas nuestra columnas, para invitar a las estrellas a una charla sobre el libre albedrío, el viaje. La simpleza de un momento, la pureza de un deseo, la materialización de un ser prehistórico, con sus movimientos lentos de tortuga gigante, realizando la tarea más sagrada. Asistir entonces al rito, absortos y afortunados únicos testigos. Verla alejarse, tarrea cumplida, ya es tarde, péndulos en la noche, de lino, juegos del vaivén, lucha por la sangre, que es mía, sólo mia.

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[10°26′″N 75°30′″O]

Días y flores

Un coro de voces lo había repetido: en Cartagena hace mucho calor. -Tenían razón- pensé mientras bajaba del colectivo, y ponía un pie en la tierra reseca, entrada a una terminal con demasiado cemento. Unos minutos más tarde tomé otro colectivo, que me llevaría a la casa de mi anfitriona. Contrariamente a mi costumbre, esta vez mi piel agradeció la caricia del aire acondicionado. Tatiana me recibió en su casa, y en seguida nos dimos cuenta de que concordábamos en muchas cosas. Habiendo terminado hace muy poco tiempo Trabajo Social, disfruta hablar de política y los problemas de Colombia.

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