Los discosEste viaje es algo inusual, y empieza mucho antes de dejar la ciudad donde vivo. En realidad, no tanto tiempo, si tenemos en cuenta las cosas que hicimos. Diez días antes de salir hacia el Oriente (por Uruguay), se juntaron cinco músicos con sus ganas y un plan: armar un quinteto que les permitiera viajar.
Así, en esa primera tarde con más de 40 grados, armamos unos ocho temas. A los dos días varios más, y luego surgió una idea, grabarlos. Y así, un día antes de salir, con mucho más de 40 grados, sin ventilador para no meter ruido, encerrados en una habitación, grabamos los ocho temas. La noche anterior diseñé una tapa. El nombre del grupo es autoexplicativo, Ad hoc.

Al otro día nos juntamos temprano para armar el equipaje y terminar las cajitas de los discos. Tras la hazaña, partimos llenos de esperanza, éramos un quinteto en gira, con un disco grabado. Ah, el título de este trabajo es Quemando etapas.

Colonia colonial

Colonia colonial

Esa noche estábamos del otro lado del río Uruguay, llegando a Colonia y preguntándoles a unos candomberos que tocaban en una esquina cómo era la cosa. Recorrimos un poco y buscamos el camping bastante tarde, después de parar por un club donde ensayaba una murga.

Tocando en colonia

Tocando en colonia

Al otro día llegamos hasta la ciudad vieja, donde hay algunos bares con sillas afuera. Nos pusimos en el medio, y debutamos. La gente escuchó, aplaudió y al final, al pasar por las mesas, hasta vendimos el primer CD. Más tarde encontraríamos el lugar ideal para nosotros, un arco justo en el lugar adonde pasan todos los turistas, o mejor dicho, los churistas.

Colonia no se llama así por nada, la parte vieja conserva antiguas edificaciones de piedra, murallas con cañones y casas coloniales. Callecitas empedradas plagadas de bares y gente. Más lejos, la avenida principal concentra los restaurantes y negocios.

Sacando nuevos temas

Sacando nuevos temas

Después del fin de semana dejamos este pueblo para conocer Montevideo. Todavía falta decir que el cambio no nos favorece, y en estos días el peso argentino bajó hasta casi la igualdad con el uruguayo, lo que hace todo varias veces más caro que allá. El tanque lleno, por ejemplo, fue una inversión de casi dos mil pesos, casi todo el fondo que supimos conseguir. Pero no nos amedrentamos, y a poco de llegar nos acercamos a la costanera para tocar. Un par de señoras simpáticas intentaron ayudarnos a conseguir alojamiento, pero no hubo caso. Unas horas después, con los precios de los hostels dichos en dólares, estacionamos cerquita de la plaza de calle 18 de julio, por donde estaban desfilando comparsas de samba. Unos sánguches de mortadela más tarde decidimos dejar Montevideo para buscar un camping en un pueblo, Atlántida. Llegamos a la madrugada. El camping era accesible, aunque esa palabra necesitó una redefinición aquí. Por lo menos no hablaban en dólares.

Panchos en la Gorlero

Panchos en la Gorlero

Punta del Este es un lugar extraño. Más allá del hecho de que una varilla de pan cuesta 30 pesos y una hamburguesa 400, es extraña. Parece una película, y todos parecen creerse estrellas de cine. En la vida vimos tantos botox, labios salchicha y siliconas juntos. Todo es impecable, todas las mujeres tienen perfectamente pintadas las uñas de los pies, todos los hombres tienen músculos y un bronceado perfecto. Los autos parecen recién sacados de una concesionaria (y en muchos casos lo son). El pasto alto parece estar prohibido, casi como las arrugas. La calle es una vidriera y maniquíes parecen muchas de las mujeres que caminan, compran y se pasean con bolsos que dicen chanel. Pequeños Ricky Fort que preguntan cuánto salen los CDs y se alejan diciendo -ma, ¿les compramos todos?

Sin embargo, más allá de las millonarias diferencias, nos trataron bien y pudimos tocar mucho.

Nunca un Peugeot 405

Nunca un Peugeot 405

Nuestro lugar fue un banco en la Av. Gorlero, frente a unos negocios donde se exhibían libros de autoayuda y otros claramente anti-K. Se armaban buenas ruedas de gente, compraban CDs, contaban anécdotas y hasta una pareja de entrerrianos bailó una milonga.

Esperando encontrar algún jipi, nos dirigimos hacia el paseo de artesanías. Y no. Habían artesanías y gente que las hacían, pero jipis no eran. Igual sirvió, buenos baños, lugar para estacionar y un mini anfiteatro. Al acercarnos escuchamos tango. Chalamos con el hombre que musicaliza, Hugo, y conseguimos una fecha para esa noche, “pero bien cambiados” (y sí, no tocábamos exactamente prolijos en calle Gorlero). Llegó la noche, nos vestimos en el auto y/o el baño y estuvimos listos para nuestro primer concierto concierto. Hicimos nuestros hits, entre los que destacan 9 de julio, La trampera, Nocturna y Palomita Blanca.

Baratazo el camping

Baratazo el camping

Llegó la noche, camping no había, hostels ni pensarlo… dimos vueltas por ahi hasta encontrar un lugar para armar la carpa en un lindo barrio. Por la noche llovió mucho; al otro día, húmedos, mate en la glorieta sobre el mar. Baguette y dulce de membrillo.

Gorlero nos siguió ofreciendo estabilidad económica, pero nos faltaba el calor humano. Después de unos panchos cocinados en la plaza de los artesanos nos fuimos despidiendo de esta ciudad rica, mezcla de plástico, siliconas y hormigón armado. El enorme Conrad, orgulloso de su soberbia fachada, sonreía para la foto de una familia, y a lo pocos minutos cruzábamos el puente montaña rusa que nos llevó hacia La paloma.

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