No se nos abrieron todas las puertas

No se nos abrieron todas las puertas

[34°39′49″S 54°09′24″O]

Así fue que llegamos, terminando la tarde, a esta nueva ciudad, La Paloma, doblamos a la derecha y seguimos el cartel de “feria de artesanos”.

La feria son dos pasillos anchos que se juntan en el fondo, para doblar y encontrar un sitio con mesas y puestos donde se vende comida. En uno hay un gran disco para cocinar paella (¿y pa’ nosotro’?), en otro un pizzero que prepara decenas de pizzas sobre el mostrador para ir cocinándolas a medida que le piden, una señora que cocina “cré”, que son unos palitos de masa con salchicha (¿frankfurt?), otra que hace postres, empanadas, y así. Preguntamos si se podía tocar ahí, entre los pasillos de artesanos y los puestos de comida. Nos mandaron a hablar con Canuto, el maestro pizzero. Y resultó ser un maestro, por la buena onda y por las pizzas, claro.

Tarde de playa en La paloma

Tarde de playa en La paloma

Conocimos a Lía, una chica que baila árabe y está pasando el verano allí. Esperamos que terminara su show (que incluía bailar con un cuchillote (perdón, cimitarra) en el diome de la cabeza). Después armamos todo, atriles, partituras, amplificador para la guitarra (guitarra líder, chiste interno), estuche con discos para recoger el vil metal y arrancamos, como casi siempre, con el tango 9 de julio. Después tiramos las milongas y los vals, mientras se hacía una buena rueda de gente. Éxito total, algunos discos vendidos, amigos nuevos por doquier, entre ellos une femme qu’habite là avec son mari, un candombero de la comparsa La Roma (de donde es el que me enseñó a hacer tambores en Rosario) y varios artesanos.

Con el éxito vinieron dos pizzas, que ya no eran inalcanzables para nuestro fondo común, y no por el vil metal obtenido esa noche, sino porque ya no estábamos en la costosísima Punta.

Ya casi estábamos hechos, excepto por el alojamiento. Estábamos saliendo para ver dónde acamparíamos (y ustedes siempre tienen que imaginar en este viaje que, o está lloviendo o bien está por llover). Ante los truenos y todo eso, Lía nos dice que tal vez podíamos poner la carpa en el patio de la casa de un amigo, donde ella para. Le avisa y está todo bien. Armamos las dos carpas en el patio, mientras comienzan a caer las primeras gotas.

El sol se pone en el mar en la playa La balconada

El sol se pone en el mar en la playa La balconada

Al otro día vemos que las primeras gotas estuvieron infinitamente lejos de ser las últimas, porque todavía llovía y eran cerca de las 10. Como la casa de los chicos era apenas grande para estar todos dentro y ellos dormían, decidimos subir al auto y salir a ver qué hacer. Comer tortas fritas, claro. Y después el techito de la alcaldía, que sería nuestro lugar de ensayo por la tarde, mientras seguía lloviendo. Nos mudamos al camping municipal, que queda cerca y tiene una provisión (ver diccionarios) y baños bastante decentes con agua caliente (algunos en el quinteto son limpitos, no daré nombres).

Nuestra sala de ensayo en La paloma

Nuestra sala de ensayo en La paloma

En el camping pudimos seguir preparando algunos temas, Azabache y Milonga de mis amores. Porque no llovía toodo el día, a veces a la noche nos dejaba tocar en la feria, o visitar el faro. Esa playa, de noche, es un paseo onírico. A falta de foto, menos de mil palabras: la arena, la oscuridad, el ruido del mar, algunas olas apenas visibles, el faro gigante repartiendo varios rayos y girando muy lentamente, algún ave que pasa delante de los haces de luz y parecen estrellas fugaces, el viento fresco, la humedad. Nos quedamos sentados en una escalera charlando con Lía y Sebastián, el dueño de la casa donde habíamos parado la noche anterior.

La playa, sus barcos y nuestras nubes

La playa, sus barcos y nuestras nubes

Al otro día seguimos hacia el este, ¿adivinen con qué? Con lluvia. Así visitamos en auto La Pedrera, más tarde el lugar desde donde salen los camiones que llevan a Cabo Polonio, y seguimos hasta Punta del Diablo. Dejamos el auto frente al mar y constatamos que la lluvia nos alcanzaba, inexorablemente. Caminamos por las calles de ripio, hablamos con los dueños de varios bares. Cuando se largó con fuerza nos metimos en un restaurante, Desigual, y charlamos con el que sería Keko, un italiano (justo estoy estudiando italiano leyendo a Ítalo Calvino). Nos comenta que más tarde llega Silvia, la dueña. Cuando para un poco de llover volvemos a caminar por las callecitas encharcadas de agua roja, calles en bajada hacia el mar, y por otra que va al lado de la playa, donde hay muchos barcitos, ahora cerrados por el clima y la consecuente escasez de turistas. Todos los dueños están dispuestos a dejarnos tocar, pero la lluvia.

Adivinen quién

Adivinen quién viene allá a o lejos

Volviendo hacia el auto, mientras aumentaban los milímetros por minuto, escuchamos un grito, y era Keko. Ya Silvi había vuelto. Con Diego fuimos a charlar con ella. Nos comentó la situación: cinco días prácticamente sin trabajar, imposible pagarle a un grupo. Después, siendo Silvi la persona con más buena onda y predisposición de Punta del Diablo, habló con el que le alquila el local para ver si podíamos quedarnos en un localcito muy sucio al lado del bar, y con otra persona para ver si podíamos tocar en otro restaurante. Lo del lugarcito no se dio, por el dueño. Pero nos dio un dato sobre un hostel, nos prestó su última guía para ubicarnos y nos prometió comida y bebida para la noche, además de ayudarnos a pasar la gorra y vender discos.

Nuestra sala de ensayo

Nuestra sala de ensayo

Con la guía y esta propuesta para la noche llegamos a un hostel, que resultó de un santafesino que vive en Alemania y está con su padre, que canta y se acompaña con la guitarra. El hostel estaba completamente vacío, así que fue sencillo que nos hicieran un buen precio, de hecho, igual a lo que pagamos en el camping de Punta del Este. Y así nos aburguesamos, sentados en unos banquitos en una galería techada, con cocina para calentar agua para el mate y cocinarnos guisos, baños exclusivamente para nosotros, colchones, etc. Allí, ante la insistencia de nuestra no tan amiga la lluvia, hicimos un arreglito de la milonga La puñalada y guitarreamos medio Folcloreishon, un libro que compila canciones de nuestro folclore.

En el bar de Silvi

En el bar de Silvi

Pero a la noche aflojó el agua, y bajamos al bar y tocamos en ese techito que da a la calle, esquivando las goteras que se esmeraban bastante para caer sobre las partituras o los instrumentos. Y la gente respondió muy bien, llenamos las mesas de afuera y tocamos todo nuestro repertorio. Y llegó la recompensa en forma de harina, levadura, sal, aceite, agua, una pizca de azúcar, tomate, queso, hongos, aceitunas y calor.

Cementerio frente a la fortaleza (y muerto vivo)

Cementerio frente a la fortaleza (y zombi)

Al otro día salimos a recorrer los alrededores de Punta del Diablo. Muy cerca se encuentra la fortaleza de Santa Teresa, aunque justo el día que pudimos ir estaba cerrada. También conocimos las playas de esa zona, muy grandes y lindas, y un camping enorme lleno de carpas y gente intentando secar la ropa en esta tregua meteorológica.

Como nos fue tan bien, Sil nos habló sobre hacer una fecha más en unos días, pero la lluvia no nos lo permitió, y ya verán cómo se desenvolvieron los acontecimientos…

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