Después de hacer la recorrida por los alrededores de Punta del Diablo pasamos por la zona de bares para ver cómo venía la mano. Y no venía muy bien, una nube negra se acercaba llena de rayos y agua. Entonces decidimos comprar verduras para hacer un buen guiso y ver cómo seguíamos. Nos metimos en un almacén y la nube llegó. En un segundo pasó de llover cero a caer baldazos de agua. Nos quedamos en la zona de verdulería mirando hacia afuera, hasta que paró un poquito. El guiso bárbaro, y más hacia la noche paró un poco de llover, pero el centro estaba desierto. No había quedado nadie. Silvi no había trabajado nada. Decidimos hablar con ella y decirle que lo mejor era que sigamos viaje, porque las cuentas ya no estaban cerrando por tener que pagar el hostel, y otro día de lluvia como ese nos dejaría en rojo. El plan entonces era conseguir plata, y dónde podría ser sino en Punta.

Sámbuches en el cabo

Sámbuches en el cabo

Pero antes teníamos una deuda con el viaje, conocer Cabo Polonio. Y así fue que salimos al otro día, después de saldar nuestras deudas en el hostel en todas las monedas extranjeras que fuimos recolectando, hacia el cabo. Dejamos el auto en el estacionamiento, que estaba completamente embarrado, y tomamos el primer camión que había, que justo estaba saliendo. Fuimos arriba, en el techo, en unas butacas viendo todo el paisaje. El viaje hasta el cabo son unos veinticinco minutos, entre caminos de arena y más tarde sobre la playa.

Al llegar vimos que la no lluvia no había hecho milagros con la afluencia de turistas, éramos unos pocos los valientes. De cualquier forma encontramos un restaurante para tocar, para una mesa con brasileros y una parejita. Le enchufamos el disco y tuvimos una cálida acogida de los mozos, que eran muchos más que los clientes.

Al fin y en el Cabo vimos lobos

Al fin y en el Cabo vimos lobos

Más tarde volvimos a pasar por un barcito donde al frente habíamos visto a un mimo trabajando. Le preguntamos con señas (no, mentira) si podíamos tocar, y nos dijo que claro, que cuantos más seamos haciendo cosas más la gente se acostumbraba y daba plata, etc. No hablé mucho de los uruguayos, pero todo el tiempo tuve esa sensación de que son mucho menos egoístas y más tranquilos que los argentinos. Ejemplos hubo una cantidad.

Hablamos con el del bar frente al cual queríamos tocar y nos prestó unas sillitas. Tocamos y se juntó mucha gente en la calle, además de los comensales. La verdad es que era una cosa extraña, dos fueyes, violín y guitarras, y encima haciendo tango. El dueño de este bar donde tocamos nos dijo más tarde que es la primera vez que ve tango en el cabo, nosotros bromeábamos que no vendría mal una placa recordatoria en el banco donde tocamos.

Coindidencias: ¡Ada y Leo!

Coincidencias: ¡Ada y Leo!

Al dejar el fueye veo que una pareja cruza la calle, y escucho “les falta un poco, muchachos”. Al mirar no lo pude creer. Eran Ada y Leo, los artesanos que vivían en Areguá, Paraguay, ¿se acuerdan? Están viajando por Uruguay juntando plata para sus hermosos proyectos de bioconstrucción y feria artesanal. Charlamos un buen rato, prometimos volver a vernos por ahi y nos sacamos una foto. Esas coincidencias…

Ofrendas a la diosa orisha Iemanjá

Ofrendas a la diosa orisha Iemanjá

Después conocimos las playas y el mar del cabo, que está dividido en dos, una zona donde las casas fueron construidas ilegalmente hace tiempo y que son intangibles (no pueden entrar materiales para arreglarlas salvo que firmen que no son de su propiedad) y otra donde se hizo un loteo y varias familias compraron y construyeron. Estas últimas, aunque no son muy grandes, se ven mucho más lujosas y modernas. El paso de vehículos está prohibido, y no hay luz corriente, salvo por los generadores eólicos y los paneles solares que usan algunos para cargar las baterías.

Faro de Pabo Colonio

Faro de Pabo Colonio

Cerca de las ocho (Uruguay tiene una diferencia de una hora con Argentina) nos subimos a otro camión y volvimos. Teníamos un plan bastante ambicioso, pasar por La pedrera, tocar, y después llegar a la feria artesanal de La paloma para tocar y comer.

En La pedrera encontramos que la calle principal tenía bastante gente, que el club estaba festejando sus veinticinco años esa noche y que había habido una clase de tango a las 19hs. Charlamos con el dueño del único restaurante que parecía estar trabajando más o menos bien (aunque con promociones importantes, lloraba) y nos dispusimos a tocar al frente.

Se llenó de artesanos y otros transeúntes, además de los que fueron poblando las mesas todavía vacías del restaurante. Un repertorio más tarde veo que una chica bailaba sola y le pregunté si quería bailar, pero me señaló a su amiga. Y sí bailaba, el único tango que bailamos estuvo lleno de giros, voleas y colgadas, muy zarpada. En ojotas y todo, fue bárbaro. Nunca supe si era la profe que había dado la clase, aunque imagino que sí. Nació en Rosario.

Con un disco regalado a un señor que había puesto demasiados reales en la gorra salimos para La paloma. Y llegamos a tiempo. La feria estaba llena de gente, nuestros amigos nos recibieron muy alegres. Tocamos y estrenamos los temas nuevos. Se acercó el paellero y nos dijo si queríamos comer paella (al fin, ¡pa nosotros!). No exagero, la mejor paella del mundo, un gran pedazo de panceta tierna quedará por mucho tiempo en mi recuerdo. Además de toda esa paella compramos dos pizzas y Canuto nos regaló media más y una gaseosa… en fin, una fiesta.

Para cerrar semejante noche volvimos al camping y armamos las carpas. Al otro día saldríamos para Punta.

Nos levantamos temprano y, como había sol, los chicos fueron a la playa. Al rato de estar leyendo en el camping siento una gotita, qué raro. Saqué todas las toallas que estaban secándose y me metí en la carpa. Al rato llegaron los chicos y charlamos con los que están atendiendo el camping. Resulta que, al ser un camping municipal, los empleados municipales pagan por año y todo el verano dejan sus carpas armadas. Por eso parecía lleno, por más que éramos solo unas pocas personas.

Desarmamos las carpas y salimos para el oeste. Compramos provisiones en San Carlos, con un calor insoportable, y al llegar a Punta nos fuimos a comer a la playa y meternos en el mar. A la sombra de la casilla de los bañeros escuchamos -Sí, en una hora más llega. En el horizonte una gran mancha azul oscuro se levantaba y anunciaba más de lo mismo. Hicimos tiempo a ir a nuestros baños en la plaza de los artesanos, cambiarnos, llegar a nuestros bancos de la calle Gorlero, empezar un Nocturna y ver cómo en la mitad del tema se nos aguaba el recital. De cualquier forma, un minuto ciento cincuenta pesos, esa es plata fácil. Cobijados en una librería amagamos empezar a tocar dos veces más y a la tercera pudimos hacerlo.

Fumando espero...

Fumando espero…

Después de una hora y media empezó a caer la noche, y otra vez los baldazos de agua. Una lluvia tremenda, la calle parecía un río torrencial, la gente corría, y algunos de nosotros esperábamos en la librería a la otra mitad que había ido a comprar pan al super. Al tiempo viene Guille, empapado de cabeza a alpargatas: -Me chocaron, acá a la vuelta. Y comenzó la odisea, abajo de la lluvia, pedirle los papeles al idiota que lo chocó, llamar a la aseguradora, ir a la comisaría, etc. El otro auto no volvió a arrancar. El nuestro rozaba una rueda en el guardabarro, pero con la navaja cortamos un pedazo. Llegamos al camping cerca de las dos de la mañana, y cocinamos una buena salsa. Dormimos, bastante húmedos, hasta el otro día.

En la televisión de la sala del camping vimos, mientras desayunábamos, que la llamada de ese día jueves se pasaba al sábado. Y decidimos volvernos. Demasiada lluvia para intentar hacer cualquier otra cosa salvo huir. Los pronósticos no eran alentadores, una semana más por delante con lluvias. Hicimos los bolsos y arrancamos, después de una buena polenta con la salsa de la noche.

En una estación de servicio seguimos arreglando el guardabarro con la ayuda de una barreta, y así llegamos bien a Fray Bentos, pasamos cerca de la gran bestia papelera que escupe humo, cruzamos el puente internacional y volvimos a Argentina, donde en una estación de servicio nos parecieron casi regalados las facturas, los bizcochos y el agua para el mate.

Cheguzanes de mila

Cheguzanes de mila

Horas después llegamos a Gualeguay, donde pudimos realizar el sueño de unos buenos sánguches de milanesa. Y como fueron tan deseados, va con foto y todo.

Cerca de las 16hs llegamos a Rosario, todos enteros y contentos por un viaje tan lleno de vivencias, armado con muchas ganas y poco tiempo, improvisando hasta el más mínimo detalle, musical, y vimos que quedaban cinco discos sin vender, justito uno para cada uno.

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